La secuencia del pastel decorado con el mapa de Cuba, cortado y repartido entre jefes mafiosos, ejecutivos corporativos estadounidenses y el dictador Fulgencio Batista, es una metáfora explícita del extractivismo imperialista, pero también un reflejo documentado: la mafia norteamericana operó realmente los grandes casinos habaneros con protección política directa.
Y como en la película, la Revolución Cubana desmanteló de la noche a la mañana esas inversiones, demostrando que la sofisticación financiera del crimen organizado seguía subordinada a las fuerzas históricas y políticas.