Prue McKeel tiene doce años y una tarde cualquiera en un
parque de Portland cuando una bandada de cuervos desciende sobre el
cochecito de su hermano pequeño y se lo lleva por los aires. Nadie más lo
ve. Nadie la cree. Los pájaros desaparecen en dirección a esa franja de
árboles al otro lado del río que los mapas de la ciudad marcan como
Territorio Impenetrable y que todo el mundo ha aprendido a no
mirar.
Prue entra igualmente. La sigue, sin que ella lo sepa,
Curtis Mehlberg, un compañero de clase torpe y de buen
corazón al que nadie hace demasiado caso. Lo que encuentran dentro no es
un bosque: es un país. Con fronteras, con gobierno, con animales que
hablan y con una guerra a punto de estallar entre el principado de las
aves, los bandidos del sur y la casa que gobierna desde una mansión en
mitad del claro.
En esa mansión vive Alexandra, la institutriz viuda que
durante años cuidó del bosque con mano justa. Perdió a su hijo. Desde
entonces algo se ha ido torciendo dentro de ella, y la frontera entre lo
que está bien y lo que está mal se le ha vuelto borrosa de una forma
peligrosa. Los cuervos que se llevaron a Mac obedecían a alguien.
A partir de ahí, lo que empieza como el rescate de un bebé se convierte en
otra cosa: dos críos de ciudad atrapados en un conflicto que les viene
enorme, obligados a elegir bando en un sitio donde nadie tiene del todo
razón.